Aves sin nido

CLORJNDA MATTO DE TURNER 185 El acariciaba la diminuta mano de Margarita, que se perdía entre las suyas. Hay ocasiones en que el silencio dice más que la palabra humana. Manuel estaba ébrio de amor contemplando á la hermosa muchacha, y volvió á decirla~ -¡Habla! ¡responde Margarita mía! ¡Sí! ¡eres aún niña, pero tú sabes yá que te amo! .... Recuerda que junto á tu bendita madre te pedí ser tu hermano, hoy ... ... · -Sí, Manuel, tambien yo, desde ese día te veo en mis alegrías, en mis tristezas; serás, pues, mi herma– no;-repuso la n:lña, pero Manuel rectificó con calor: -. Nó, ángel mío, hermano, es poco, y yó te amo mucho; ¡quiero ser tu _esposo! -¿Mi esposo? - preguntó aturdida Margarita en cuya alma se acababa de descorrer el velo de las creaciones infantiles sac'udiendo su organismo, cla– vando en su corazón el dardo del narcotismo de la juventud que, en el sublime sopor de las almas ena– moradas le iba á hacer soñar con ese murido de poe– sía, temores y confianzas, risas y lágrimas, luces y sombras, en que vive la castidad de una virgen. Margarita sabía desde este momento que era mu- jer. Sabía que amaba. . Para Manuel las impresiones se sucedían con la rapidéz del pensamiento; si bien con distintas emo– ciones que Marg.arita, porque su alma había perdido ya esa virginidad que es la ignorancia de los miste– rios reales de la vida.

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