Aves sin nido

CLORINDA MATTo DE TURNER 167 gre)) distinguió la posta con la hermosa dueño á la puerta. Aplicó espuela á los hijares del bruto, y en diez minutos se apeaba pidiendo una botella de 1 refresco, que sediento apuró no sin invitar á la posadera. Y allí, ¡adi6s ensueños de reforma! Las alegres palabras de otros días brotaron de sus labios y fue– ron á herir los oídos de la dueño de la posta; y el alcohol tvmó posesión de su antigua residencia, y á los sueños reflexivos siguieron los delirios del beodo. El marido de la posadera, que era maestro de pos– tas, llegó y dijo: - Se ha venteait este caballero y subámoslo á su Jaco. -Sí, Leoncito, que en este caso más sabe el jaco que el hombre, y se lo llevará en d~rechura á su querencia,--repusó la posadera. Pensado y hecho. Cuando el cura Pascual se vi6 acomodado en su silla, enderez6 la cintura y aplicó e~puelas y correa á su cabalgadura, que siguió la ruta conocida sin oponer resistencia. Aquella era la última posta y en dos horas más llegaba el viajero á la esperada ciudad cuyas eleva– das torres y minaretes aparecieron para él como otros tantos fantasmas en ademán amenazante, vacilando su razón en el ~laro oscuro de la realidad y la ilu- . sión, cuando de súbito dió un quite su bestia y sa– lió á corcobos descompuestos, haciendo cabriolas y dando saltos y coces.

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