Aves sin nido
154 AVES SIN NlDO de la casa sin sospechar que su hijo estuviese reco– giendo todas las violetas del jardín, cultivadas por ella, entregado al amparo de los dioses alados, y con el corazón impregnado de esa suprema ambrosía que exhala el amor. Estos son, pues, los espejismos de la vida. Mientras que doña Petronila tejía planes con todo el prosaísmo de la tierra para impedir que don Se– bastian bebie~e, Manuel soñaba suenos de topacio. Dichosa juventud porque puede amar. Edad venturosa del hombre igualado á la rosa en botón con sus distintivos de edad, aroma y unión; sumando felicidad. ¡Dichosa época en que la ventura pende en el ro– zar de un vestido; en la duración de una flor ·arran– cada á los cabellos; en la dulzura de una mirada que en da su alma en busca de otra alma! ! Si la madre de Manuel hubiese podido distinguir el color de los sueií,os de su hijo, los habría velado sin atrevene á despertarJe; y . tal vez su pecho habría ahogado aquel suspiro tierno que en su vago mur– murio dice: Amor de madre, sacrificio de mujer. Estaba abanzada la noche. De improviso oyóse una voz ronca que dería.: -¡Qué caracho! ¡francamente, á mí no me manda nadie! Y al mismo tiempo sonó un golpe como de una silleta derribada con fuerza. Doña Petronila acudió presurosa y entrando en la babita~ión, contero pló por algunos segundos á
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