Aves sin nido
10 AVES SIN NIDO volviendo la cabeza de trecho en trecho, mirando entristecido la choza de la cual se alejaba. ¿Eran el temor ó la duda, el amor 6 la esperanza, lo que ajitaban su alma en aquellos momentos? Bien claro se notaba su honda impresión. En la tapia de piedras que se levanta . al lado sur de Ja plaza, asomó una cabeza, que, con la ligereza del zorro, volvi6 á esconderse de tras de las piedras, aunque no sin dejar conocer la cabeza bien modelada de una mujer cuyos cabellos negros, largos y lácios; estaban separados en dos crenchas, sirviendo de mar– co al busto hermoso de tez algo cobriza, donde re– saltaban las mejillas coloreadas de tinte rojo, sobre· saliendo aún más en los lugares en que el tejido capilar era abundante. Apenas húbose perdido el labrador en la lejana ladera de Cañas, la cabeza escondida de tras de las tápias, tomó cuerpo saltando á este lado. Era una mujer rozagante por su edad, y notable por su belle– za peruana. Bien contados tendría treinta años, pero, su frescura ostentaba veintiocho primaveras á lo sumo. Estaba vestida con una pollerita flotante de bayeta azul oscuro; y un corpiño de pana café adornado al cuello y botamangas con franjas de p1ata falsa y botones de hueso, ceñía su talle. Sacudió lo mejor que pudo la tierra barrosa que cayó sobre su ropa al brincar la tápia; y en seguida · se dirigió á una casita blanquecina cubierta ·de teja– dos, en cuya puerta se encontraba una jóven, gra– ~iosamente vestida con una bata de granadina color J
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