Aves sin nido

118 A. VES SIN NIDO el arrepentimiento, el horror á lo ya ejecutado que con los tornasolados celages de la aurora se contem– pló como la farsa más inícua. La autoridad judicial se apersonó en el lugar del siniestro, y dos peritos nombrados ad hoc, expidie.. ron su informe en términos tan técnicos como os– curos para llegar á la investigación de la verdad. A la entr.ada de don Fernando, Lucía, don Sebas– tlan, y Manuel, al cuarto de Marcela, que acababa de morir, el cadáver, aún tibio, yacía tendido en un ligero catre de fierro sin toldilla, cubierto con una frazada blanca de listas azules y carmesí, tejida en el lugar; y sus brazos extendidos sobre la cama, de– jaban descubierta una parte del hombro. Arrodillado junto al lecho mortuorio con el rostro escondido entre las manos, estaba el cura Pascual. Margarita, casi totalmente transformada, con una .batita n8gra de percal, los cabellos sueltos y los ojos reverberantes con las lágrimas que brotaban desde su corazón, agarraba una de las manos de la muerta. J.Jucía sacó del bolsillo de su bata un pañuelo blanco, y con él c1:1brió el rostro de la difunta, con el respeto que la inspiraba aquella mártir de su amor de madre, de su gratitud y de su fe; En el cerebro de Lucía bullían las revelaciones que Marcela la confió en sus últimos momentos. Don Fernando y don Sebastian se quedaron en me– dio de la habit.ª'ción; y Manuel, fijándose en Marga– rita, sintió agolparse á su corazón toda la sangre de sus venas.

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