Aves sin nido
CLORINDA MA1'TO :DE TURNER 117 diente un negocio de molienda de trigos;-dijo con interés Escobedo. -Bueno; lo que le dije fué: Santiago estáte so– bre aviso, que por unos papeles sé que han llega– . do unos bandoleros á. las cercanías, robando iglesias, y como la custodia del pueblo es rica, hay que gua!darla. -Está bien; Rajita me quiere mucho; es capáz de seguirme al purgatorio; - apoyó Escobedo son– riendo y dándose golpecitos en los pies con el lloqq'Ue. -No se descuiden, pues, de averiguar lo que pasa ¿eh? Yo me voy dondG don Sebastian para que hagamos los apuntes; - dijo Benites despidiéndose de sus colegas, y cada cual se fué á su mentidero, que así se llaman las esquinas de la plaza, nombre dado por ellos mismos en un momento de inspiración. La asonada había pasado, pues, tal como se fra– guó en la casa parroquial, aunque sin·los resultado~ perseguidos ·por aquellos ciegos conservadores de sus costumbres viciadas. Reunidas las gentes se señaló la casa de don Fer– nando como el refugio de los supuestos bandoleros, y como los momentos. de excita~ión del populacho nunca son de reflexiones, creyeron y atacaron. Esa fué la tragedia. Despues, la palabra valerosa de un jóven casi des– conocido en el pueblo, seguido de una mujer tan respetable y querida como doña Petronila, impuso la tregua á·que siguió la calma; y luego con ese cambio rapidísimo de sentimientos populares, vino 15
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