Aves sin nido

116 AVES ti!N NIDO indios, avergonzados de la docilidad con que acudie– ron al llamamiento ae las campanas y cayeron en .el engaño para atacar el pacífico hogar de don Fer– nando Marín, vagaban por los alrededores del pue- blo taciturnos y miedosos. Estéfano Benites reunió á los suyos en el mismo despacho de su casa donde los encontramos jugando á la baraja, y al persuadirse de que sus cómplices vacilaban, les dijo para animarlos: ·-compadritos, á lo hecho, pecho. . -Yo no creí que el tiro saliese sin puntero;-res– pondió Escobedo sacudiendo. un lloq_que que tenía entre las manos. - ·si vienen las justicias, ya saben ustedes lo que hay que hacer;-instruyó Estéfano. - ¿Y qué? ¿y si nos llevan á declarar con jura– mento?-- observó Escobedo. -No saber nada, compadre, y ...... eso lo acorda- remos bien cuando comiencen las cosas; vale que soy el secretario del Juez de Paz. -Culpemos á los indios muertos;-opínó uno. - · Entregaremos al campanero; ese indio tiene vacas y puede pleitear;-dijo otro. -Hombre y tú hablaste con Rajita esa noche?– preguntó Escobedo al primero de los opinantes. -Yo, nó, el que habló fué don Estéfano;-repu– so el aludido. -Sí, yo hab1 é con él ;-afirmó Benites. -¿Y cómo fué eso? yo pienso citarlo á Bajita . porque es muy mi amigo, y porque tenemos pen-

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