Aves sin nido
CLORINDA MATTO DE TllRNER 119 -. Su natural extrañeza-se apresuró á decir l\Ia– nuel, quedará satisfecha don Fernando, al saber que mi padre no ha salido de casa desp~es de los suce– sos que mQ cupo la suerte de contener; habiéndose encargado del puesto el Teniente Gobernador como llamado por la ley. -Esa diligencia precautoria y muy pensada, no lo· pone á salvo de responsabilidades;-observó Lu– cía con su natural vivacidad femenina; pero Ma– nuel, siempre listo, repuso: -Señora, yo que he venido en momentos tan trágicos para Kíllac, para este pueblo de mi naci– miento, no podía permanecer indiferente; debía bus– car reparos, prevenir nuevos males, y he persuadido á mi padre de que renuncie el puesto que .... no ha sabido sostener. Voy en pos de alguna reparación. -¿Y vá usted á entrar en pugna con vicios que gozan del privilegio de arraigados, con errores que fructifican bajo el árbol de las COSTUMBRES, sin mo– delos, sin_estímulos que despierten las almas de la atonía en que las ha sumido el abuso, el deseo de lucro inmoderado, y la ignorancia conservada por especulación? Me parece cosa difícil, don Manuel; -dijo el señor Marín. Manu~l no estaba ni derrotado ni persuadido, y replicó: -Esa, precisamente, esa es la lucha de la juven– tud peruana desterrada en estas regiones. Tengo la esperanza, don Fernando, de que la civilización que se persigue, tremolando la bandera del cristianismo
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