Aves sin nido

112 AVES SIN NIDO grado para don Sebastian, quien descubriéndose dijo: -Muy buenos días, señora ... -señor ... - -Ola, don Manuel; adiós, don Sebastian;-repu- so don Fernando dominando el mal efecto que le produjo la presencia del segundo; pero Manuel cal– culando de antemano aquel efecto, y para atenuar las cosas, fué el primero en comenzar la conversa- ción, diciendo: · -Señor don Fernando, hemos venido para acor– dar con usted la manera ~ómo podrá recibir la más explícita satisfacción de un pueblo que le ha ofen– dido con la misma ignorancia con que ofende un perro rabioso. -Satisfacerme á mí, don Manuel, no es cosa difí.. cil, á la verdad; yo, más 6 menos, he estudiado el carácter de este pueblo, que se desarrolla sin los es– tímulos del buen ejemplo y del sano consejo; que á costa de su propia dignidad va á conservar lo que él llama la legendaria costumbre. Pero, ¿cómo se repa– ran los daños causados en tanta víctima?-contestó el señor ~Iarín, dando á sus palabras la severa acen– tuación de la verdad y del reproche. -Y, francamente, ¿cuántos muertos hán habido? -se atrevió á preguntar don Sebastian con voz tem- biorosa. · -¡Y qué! ¿usted lo ignora don Sebastian? ¿usted que es la autoridad local? ¡Cosa extraña, por demás extraña!-dijo don Fernando por toda respuesta, dando un paso hacia el asiento que ocupaba su es– posa.

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