Aves sin nido

CLORINDA MATTO DE TURNER 111 una sirviente para que les pusiesen los vestidos que les estaban cosiendo en la máquina «Davis», se dijo: -¡Adorable candidéz la de los niiios! ¡A.h! la ni– ñez todo lo dora al calor de un sol refulgente, mien– tras que la vejez todo lo hiela con el frío del escep– ticismo. ¿Tienen razón de ser escépticos los viejos, conociendo á la humanidad? Niñas,-agregó en alta voz,-vayan con Manuela que ha de darles bisco– chos y bonitos trajes,-y se dirigió en busca de don Fernando, que estaba ocupado en su escritorio. Casi ·· al mismo tiempo llegaban, Manuel· y don Sebastian. Cuando los vió Lucía, estrujándose los dedos entre– lazados, se pregunt6 asombrada: . -¿Qué va á suceder hoy en esta casa donde en tan pocos días se han desarrollado acontecimientos tan trágico3 y cuya extensión aún no es posible medir? ¿Qué nuevo drama va á presentarse en mi hogar . donde una mano invisible reune ahora á los princi– pales actores, perseguidores y perseguidos, culpables é inocentes; en presencia de una madre que se halla en los bordes del sepulcro abierto por estos notables, que en un sup~esto ataque á sus costumbres, solo persiguen fines particulares, sin desdeñar medios inícuos? 'Dios mío! ........ . -A los p~és de usted_, señora Lucía,- dijo Ma– nuel encontrando á la esposa del señor Marín casi á la puerta del escritorio, donde entraron . seguidos de don Sebastian. -Caballeros,-repuso Lucía con manifiesto desa-

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