Aves sin nido
CLORINDA MATTO DE TURNER 99 trando otra silla junto á la suya la ofreció á su madre. -No, hijo, yo me sentaré aquí no mas en este banquito, aquí estoy más cómoda; ·-repuso doña Petronila rechazando la silleta, sentándose en un asiento bajo de su preferencia, cubierto con una al– fombra, y arreglándose las faldas del vestido. -'.;orno gustes,-dijo Manuel sentándose á su vez. -Ya adivino de lo que me quieres hablar. ¡Je- sús! qué cosas las que han pasado, ¿nó? Hasta aho– ra no me vuelve el alma al cuerpo; estoy viendo no mas las caras de lps indios muertos, bañados en sangre, cubiertos de tierra! ¡Jesús! ¡Jesús! -¡Ah, madre mía! Con qué fatal estrella he vuel– to para presenciar estos sucesos! pero, son lamen– taciones inútiles, hagamos de tripas corazón, y va– mos á remediar algo, y tratar de que don Sebastián salve;-cont~stó Manuel iniciándose las confidencias entre madre é hijo. · -¡Ay, hijo mw; ay! ¿para qué te contaría todo? desde que lo hicieron gobernador á tu padre, se ha vuelto otro, y ....... ya no puedo con él. ...•. -Sí, lo sé. Todo lo he comprendido, madrecita, desde el primer momento. -Háblale, pues, tú; á tí te oirá, -¡ Temo que nó! Si yo fuese su hijo verdadera- mente, hablaría en él la voz del amor paterno, pero ........ tú ... tú lo sabes ..... . -¿Y para qué traes á colación esas cosas?- dijo doña Petronila enfadada.
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