Aves sin nido
100 AVES SIN NIDO -Perdona, madre. Y vamos a] grano. Tú tiene~ que ayudarme, pero con cariño, sin palabras amar– gas, sin cargos, nada de eso; simplemente debemos h acer que deje la gobernación y, por lo demás, yo echaré sobre mis hombros los resultados; lo tengo meditado. Ahora he de verme con el pícaro cura. -No hables así de un sacerdote, ¡Jesús! el desco– ~ulgado se desgracia! -Madre, el hombre que prostituye su ministerio merece desprecio; pero no hablemos ele él, tratemos de don Sebastian. Entra á verlo á su cuarto, y pro– cura hablarle preparándole el ánimo para que me reciba despues. -¿Ahora mismo?-preguntó doña Petronila le– vantándose al propio tiempo. -Sí, madre, no hay horas que perder;-repuso Manuel abrochándose el botón del saco, y doña Pe– tronila salió pausadamente. Al llegar á la puerta de · la h '\hitación de don Sebastian se detuvo unos se– gundos, santiguó su frente y entró• . -Manuel quedó dando paseos en el cuarto de s:u madre, ent regado á sus combinaciones, porque la entre vista con don Sebastian tenía que ser algo dura para él. En el curso de sus paseos, de repente fijó su vista en un vaso de arcilla que estaba colocado en una es– q uinera, el cual le llamó tan vivamente la atención que examinándolo, dijo: -Este de be ser un huaco de mucha importancia; qué tierra tan fina, .... y esto'3 dibujos tan admirable·
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