recurrir a excavaciones, una actividad para la cual no se encuentra calificado el autor. Unas excavaciones bien planificadas pueden ser la clave para revelar la historia del área al oeste del Patakancha, si bien el encuentro con el muro mencionado antes y otros restos de arquitectura dispersos en la ribera oeste del Patakancha le han hecho pensar al autor que si se dedicara más tiempo a explorar esta área en busca de más restos arquitectónicos y a analizar los bloques sueltos, los cortados de modo parcial y los totalmente tallados, las piedras reutilizadas, los restos de cimientos y otros elementos arquitectónicos se podría tener una mejor comprensión de estas zonas. De la distribución de los bloques de riolita rosada se puede concluir que muchos de ellos estaban destinados a la Colina-Santuario, pero otros bien pudieron ser para construir estructuras en Manyaraki o en sus áreas vecinas. La especulación de que una gran estructura prehispánica, si no inca, se levantaba en el lugar ocupado por la actual iglesia católica, no es tan descabellada. El autor siempre estuvo poco satisfecho con su incapacidad para establecer las conexiones entre los lados este y el oeste, el poblado y Manyaraki y ’Araqhama, entre las partes norte y sur del poblado, así como entre el poblado y el Callejón durante los tiempos incaicos. ¿Dónde y cómo terminaba el camino proveniente del Cuzco a lo largo del Muro de los Cien Nichos y en dónde cruzaba el Patakancha? ¿Había un solo punto de cruce o varios? ¿Cómo se iba del poblado al Callejón? ¿Existía una explanada o plaza entre los dos? Y, si era así ¿había edificios alrededor de esa plaza? Si se observa con atención, parece como si un gran pedazo hubiese sido «mordido» justo en el centro del trazado original, hecho que parece desconectar al poblado del Callejón y a ’Araqhama y Manyaraki del primero. Si el autor tuviese otra oportunidad para trabajar en Ollantaytambo, sería este «eslabón perdido» el área en la cual concentraría sus esfuerzos. El Muro de Llanos y las grapas de construcción En el capítulo 3 (pp. 117-118) se describieron los restos de un gran muro en la Colina-Santuario, el Muro de Llanos, hecho a partir de sillares muy regulares y engastados con precisión: «Lo que más impresiona de esta fila de piedras no es su excelencia en el encajado, que después de todo es una característica de la mampostería inca, sino la ausencia de la más mínima traza de juntas hundidas o almohadillado en las caras de las piedras». Y, por cierto, incluso en la mejor mampostería inca —como en el caso del 359
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