altura— guarda una asombrosa semejanza con, por ejemplo, la de la Pirámide de Akapana, en Tiahuanaco (Gasparini y Margolies 1980: 12, fig. 3). Incluso la más regular de las mamposterías en el Cuzco muestra variaciones menores en la altura de las hiladas, hecho que resulta en que las juntas aparecen ligeramente onduladas; asimismo, el más liso de los muros muestra indicios de juntas hundidas (Fig. 15.4). Lo mismo es válido para el Primer Muro y el Segundo Muro en Ollantaytambo. Las juntas hundidas fueron consecuencia directa de la técnica de tallado usada por los incas (Protzen 1985b: 189-190) y las hiladas ondulantes se debieron al resultado de acoplar las piedras una a una y a la técnica de armado de los muros (Protzen 1985b: 191-195). Lo que intriga acerca de la mampostería de andesita fuertemente alterada —como lo muestra el Muro de los Doce Sillares, registrado por Llanos— es que sugiere diferentes estrategias de tallado, encajado y asentado. Las piedras debieron ser preacopladas en el suelo antes de ponerlas en su posición final en el muro. Evidentemente, esta técnica es más aconsejable cuando se usan hiladas regulares y todos los sillares son de la misma altura. Un cuidadoso análisis de las filas de bloques ordenados excavados por Llanos podría revelar el secreto de cómo fueron cortados y encajados estos bloques de andesita; pero, lamentablemente, se han acumulado muchos escombros entre y sobre los bloques, y es imposible estudiarlos sin una nueva excavación. Fig. 15.2. Un bloque suelto con ranuras en forma de «T» y de doble «T» en el Qorikancha, Cuzco (fotógrafo anónimo). 311
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