de contención pueden colapsar por cualquiera de las siguientes cuatro razones: volcado, deslizado, sobrecarga o porque el suelo cede por el propio peso del muro. Los ingenieros incas debieron tener, al menos, un manifiesto e intuitivo entendimiento de las fuerzas a las que están sujetos este tipo de muros, dado que muchos de ellos se han mantenido a pesar del paso del tiempo. Por ejemplo, las secciones de mayor altura de los muros de contención fueron construidas con dos o más capas con el fin de incrementar su resistencia. Cada capa tenía entre 60 y 100 centímetros de ancho y se encontraba anclada a la siguiente mediante piedras que sobresalían de una capa hacia la otra. Para obtener mayor estabilidad, algunos de los muros altos se escalonaban apoyados sobre la pendiente de la montaña (Fig. 12.3). De los muros que no sobrevivieron al paso del tiempo, solo unos pocos se desplomaron como consecuencia de fallas estructurales, pero la gran mayoría se destruyó por desidia. La falta de piedras irremplazables por su función en dichos muros fue uno de los factores decisivos para su posterior erosión y, en otros casos, la vegetación produjo raíces entre el tramado de los muros y los destruyó finalmente. MAMPOSTERÍA DE TAPIA Y ADOBE Para impedir que los adobes y tapia se disolviesen o «derritiesen» por el agua absorbida desde la base del muro por la permeabilidad del suelo o desde la cima de los muros por la lluvia, las construcciones de tapia y adobe se asentaron siempre sobre una base de piedras con mortero (Fig. 12.4). La base medía entre 1,2 y 1,5 metros de altura, y, evidentemente, la lluvia tendía a «lavar» el mortero colocado entre las piedras en la base o el enlucido que debe haberse usado para recubrirlas, pero era más sencillo reparar estas pérdidas en las uniones entre las piedras y renovar el enlucido mediante un programa de mantenimiento periódico que reparar un muro completo de adobe o tapia. Los pocos casos de construcciones de mampostería de adobe que ha estudiado el autor indican que los adobes eran dispuestos en un tipo de aparejo inglés —es decir, alternando hiladas de cabeza y soga— con uniones horizontales y verticales de mortero de casi 2 centímetros de ancho. Si se lee el informe de Moorehead, se observa de manera clara que, al igual que en el caso de la mampostería de piedras sin cantear en Ollantaytambo, la mampostería de adobe en Pisaq tuvo varios niveles de acabado. Cuando la atención era puesta en la selección de adobes de similares dimensiones y con una relación de 1: 2 del ancho con respecto al 256
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx