Alicia a través del espejo
después de acabar el día... ¡Qué grosero! -decía con un mohín-, ¡venir ahora a fastidiarlo todo! La mar no podía estar más mojada ni más secas las arenas de la playa; no se veía ni una nube en el firmamento porque, de hecho, no había ninguna; tampoco surcaba el cielo un solo pájaro pues, en efecto, no quedaba ninguno. La morsa y el carpintero se paseaban cogidos de la mano: lloraban, inconsolables, de la pena de ver tanta y tanta arena. ¡Si sólo la aclararan un poco, qué maravillosa sería la playa! -Si siete fregonas con siete escobas
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