Alicia a través del espejo

E inclinándose sobre las margaritas, que estaban precisamente empezando otra vez a vociferar, les susurró: -Si no os calláis de una vez ¡os arranco a todas! En un instante se hizo el silencio y algunas de las margaritas rosadas se pusieron lívidas. -¡Así me gusta! -aprobó el lirio-. ¡Esas margaritas son las peores! ¡Cuando uno se pone a hablar, rompen todas a chillar a la vez de una forma tal que es como para marchitarse! -¿Y cómo es que podéis hablar todas tan bonitamente? -preguntó Alicia, esperando poner al lirio de buen humor con el halago-. He estado en muchos jardines antes de éste, pero en ninguno en que las flores pudiesen hablar. -Coloca la palma de la mano sobre el lecho de tierra de nuestro macizo, -le ordenó el lirio- y entonces comprenderás por qué.

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