Alicia a través del espejo

-¿Y cómo la voy a parar yo? -replicó la oveja-. Si dejases de remar se pararía ella sola. Dicho y hecho, la barca continuó flotando río abajo, arrastrada por la corriente, hasta deslizarse suavemente por entre los juncos, meciéndose sobre el agua. Y entonces fue el arremangarse cuidadosamente los bracitos y el hundirlos hasta el codo, para recoger los juncos lo más abajo posible antes de arrancarlos... y durante algún rato Alicia se olvidó de todo, de la oveja y de su calceta, mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos brillantes de deseo iba recogiendo manojo tras manojo de aquellos deliciosos juncos olorosos. -¡Ojalá que no vuelque la barca! -se dijo a sí misma-. ¡Ay, qué bonito que es aquel! Si sólo lo hubiera podido alcanzar... -y desde luego que era como para enfadarse (-Porque casi parece que me lo están haciendo adrede... -

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