“Una noche estaba acostado a las nueve y escuché ‘¡bum, bum!’, con caballos y gritos. Yo dije: ‘Han llegado los terrucos’, porque siempre estaban cerca”, recuerda. El padre Mario estaba en una casa que le habían prestado y donde era improbable que irrumpieran los subversivos. “Yo me sentía seguro, pero decía: ‘Yo no puedo estar así si mi gente está sufriendo’. Me levantaba, me acostaba, me temblaban tanto las piernas... Logré vestirme y por fin llegué a la puerta. Seguía cada vez más fuerte el movimiento y abrí la puerta... Cómo se rieron a carcajadas de mí: no eran los terrucos, el toro de alguien había escapado y la gente estaba tratando de agarrarlo”, se ríe. También conserva un “bonito” recuerdo que atañe a un muchacho asháninka picado por una víbora al que auxilió. Lo trasladaron de Satipo a Lima en una avioneta para internarlo en un hospital. “Estuvo ahí cuatro meses. Salió gordo, con 75 kilos. Era la alegría del hospital. Entró sin saber nada de castellano y salió hablando excelente”. Vivir para ayudar Para el padre Brown, la felicidad es buscar la felicidad de los demás. En otras palabras, mejorar su vida. Ayudar a la gente que lo necesita. Eso lo hace misionero. Dios vive en su vocación de servir, en su mirada transparente que pinta a una persona que, como San Francisco, no ama a la humanidad en abstracto, si no a cada ser en su especificidad. Ahora reside en el convento de los Descalzos, adonde lo destinaron por una enfermedad que le paralizó un lado del cuerpo tras vivir 22 años en Satipo. Cerca de cumplir 90 años y con la autonomía de movimientos restaurada, a este sacerdote que lleva 66 en el Perú (un país del que le gusta todo, incluyendo a sus habitantes: “He trabajado con criollos, con serranos, etc., y me gustan todos”) parece que el excesivo descanso no le sienta bien. Necesita actividad, seguir ayudando. “Quiero trabajar”, clama. 222
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