“Con el padre Castillo íbamos en bote, pero no entrábamos a todas las comunidades. Y cuando yo le preguntaba: ‘Padre, ¿por qué no entramos?’, me decía: ‘No, porque consideran que somos el diablo’. Es que a veces los evangélicos habían logrado entrar antes y les habían hecho creer que el padre era el diablo”, relata. “Y cuando entrábamos a algún pueblo, silencio era... Yo decía: ‘¿Y en qué rato vamos a bautizar si no hay nadie? ¿A quién vamos a bautizar?’. De pronto aparecía uno, y es que ellos escondiditos te estaban mirando, medio temerosos”. Superada la desconfianza, salían los demás y el padre los bautizaba. Sus padrinos eran chicos y chicas internos, ya confirmados, que los religiosos llevaban para que ayudaran en la misa, colectaran leña y cocinaran. “Era bonito. Dios nos acompañó. Hasta la culebra nos podía picar, pero no pensábamos en eso en ese rato”, recuerda la hermana. Cuando acababan su tarea en una comunidad, subían al bote en busca de otra. “El padre todavía tenía fuerza”, dice. Sin embargo, el tiempo pasa factura y Teodorico Castillo, que sano o enfermo celebraba misas a las 6 de la mañana a diario y los domingos a las 7, un día no se presentó en la iglesia. Cuando las hermanas fueron a verlo, descubrieron que tenía una herida grave en el pie de la que no había informado. El sacerdote se negaba a dejar Puerto Ocopa para ser tratado. “Yo voy a morir acá”, decía, pero el padre Mario Brown, estacionado en Satipo, logró persuadirlo para que viajara a Lima. El hombre que nunca se contactó con su familia tras abrazar la vida religiosa y que quiso ser un “misionero radical” murió en la capital. El padre Mario Brown lo recuerda como “uno de los pocos hombres que he visto muy intelectual, y al mismo tiempo muy práctico”. Vivir en paz El horror quedó en el pasado, pero alarga sus tentáculos hasta el presente. “Los senderistas nos han llevado al monte y después nos hemos escapado”, cuenta Héctor Armas. “Nos han golpeado duro a nosotros”, recuerda. El terrorismo todavía escuece. Aunque no pueden olvidar, miran hacia adelante. Don Héctor, un exprofesor que cría plátanos bellaco, dice que quieren “vivir tranquilos, vivir armoniosamente trabajando, y esperar el progreso de Puerto Ocopa. Nuestros hijos aquí crecerán, aquí progresarán”. Después de haber padecido tanto, su aspiración es “vivir mejor”. 217
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