la vuelta y comenzó a escribir en la pizarra. Los terroristas se fueron por donde vinieron. El convento fue el refugio de mucha gente mientras las balan corrían. “Nos han protegido”, recuerda Héctor Armas. Los subversivos nunca entraron allí. Ahora, si bien Puerto Ocopa no sucumbió ante el terrorismo, la hermana Mónica dice que consiguió que el pueblo se alejara un poco de la misión fundada por el padre Mariano Uriarte por mandato del monseñor Francisco Irazola. Antes eran asiduos asistentes a las misas y más receptivos a la prédica franciscana, pero los senderistas —afirma— les hicieron creer que los religiosos eran unos “dominadores” y que se aprovechaban de los asháninkas. El misionero radical La hermana Mónica podría ser biógrafa del padre Teodorico Castillo. Su memoria almacena con nitidez sus conversaciones con él, los episodios de su vida que le confió. Por ejemplo, que asumió su apostolado en Puerto Ocopa como un desafío porque durante su formación sacerdotal había escuchado cómo elevaban a la estratosfera a los misioneros extranjeros, y él quería probar que los peruanos también podían ser buenos. El padre Castillo, oriundo de Arequipa, estuvo en Puerto Ocopa más de 50 años. Hizo muchas obras y formó a la comunidad, señala la hermana, quien lo acompañaba en su búsqueda de indígenas río adentro para bautizarlos. Foto: Yershon Vilca El padre Teodorico Castillo.
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