300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

La escuela ha crecido y también imparte clases de secundaria. El 80 % de los alumnos de este ciclo educativo aprovechan las vacaciones de enero y febrero para trabajar en chacras de la zona o fuera de su localidad, en Mazamari o Satipo, y comprar sus útiles escolares y uniformes con el dinero que ganan. La hermana Mónica ha estado durante tres periodos en Puerto Ocopa. Un balance somero de sus aproximadamente nueve años de estadía total arroja como mayor satisfacción los frutos que a largo plazo produce el colegio: exalumnos que ahora, como adultos, se esfuerzan por ofrecer una buena educación a sus hijos. “Nos alegra, nos da satisfacción, todo por amor a Dios. Es una misión que Dios nos ha dado”, dice. “Es muy cierto cuando decimos que la educación es el progreso de un pueblo”, sentencia. La principal enseñanza que las franciscanas buscan transmitir a sus estudiantes —dice— “es el amor a Dios, porque de ahí parte todo. Si yo amo a Dios, voy a respetar al otro. Si amo a Dios, voy a ser responsable con lo que me toca. Si amo a Dios, voy a ser puntual en mi trabajo”. Para la hermana Mónica, además de mantener su idioma y su cultura, es importante que los niños y jóvenes asháninkas dominen bien el castellano para que no los engañen. “Son gente generosa, gente ingenua, pero hay que saberles guiar de manera positiva”. Tiempos de terror y coraje La hermana Mónica no sufrió la ofensiva terrorista en Puerto Ocopa (llegó después), pero sí conoció al padre franciscano Teodorico Castillo, el héroe local, un hombre que se negó a abandonar la comunidad en los peores tiempos del conflicto armado, cuando los senderistas secuestraron a sus habitantes e incendiaron sus casas. “Era buscado por los militares y por los terroristas. Los terroristas decían que el padre era un soplón de los militares y los militares decían que él apoyaba a los senderistas”, narra la religiosa. Los soldados creían que el misionero estaba coludido con los terroristas porque había decidido quedarse en la arrasada Puerto Ocopa y sobrevivido a la deflagración senderista. “El padre se quedó para acompañar a la gente porque él decía: ‘Yo no los puedo dejar’. Y eso la gente lo valora mucho”, dice. “Ha sido muy valiente. Lo querían mucho al padre”. Héctor Armas también ensalza su figura. Se refiere a él como “el eje de todos nosotros” y un “valiente”. No es el único religioso que don Héctor destaca. En su lista de personas corajudas incluye a las hermanas de la Inmaculada Concepción, en particular a una que socorría a los heridos. Era la hermana Carmela. Cuando los terroristas tenían a un miembro enfermo o herido, se la llevaban consigo para que lo atiendiera. Cuando se iba con ellos, sus compañeras religiosas no sabían si la volverían a ver. También sanaba a los militares. “Los terroristas no querían que curara a los militares y los militares no querían que curara a los terroristas, pero ella curaba a todos”, cuenta la hermana Mónica. Otra mujer de valor fue la hermana Benita. Un día estaba dando clases cuando los senderistas entraron al aula y con gritos ordenaron a la profesora y los niños que salieran. “No voy a salir, estoy en clase”, replicó la hermana. Luego se dio 214

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