300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

“Fue la persona que cambió un poco el ambiente, porque antes parecía que esto era el convento y esto era el pueblo”, añade. Félix Santamaría acercó a ambas partes. Por último, menciona al guardián Jorge Ñiquen: “El padre más pequeño que ha venido a Ocopa, pero gigante en su actividad. Yo le digo: ‘Usted no se cansa, padre’”. Carisma y humildad “Siempre hemos compartido con ellos y nos han guiado espiritualmente bastante”, dice Adelita Hilario sobre los padres de Ocopa. “Como si fuéramos sus hijos, ellos están pendientes de nosotros”. Ella y sus seis hermanos crecieron en el convento. “Ninguno hemos salido descarriados”, remarca. Una cosa destaca en particular de su formación bajo el manto franciscano: “La vida de fraternidad, de compartir con los seres humanos, de acogerlos... La vida de San Francisco, de no querer todo para ti, si no compartir, ayudar a los demás. Hasta ahora yo me desprendo de las cosas para darle a los demás. Yo me quedo en problemas, pero quiero que estén bien las otras personas”. Adelita, una mujer que se declara apasionada de la Biblia y de San Francisco, dice que también ha aprendido a no tener rencor. “Si yo guardo rencor, no voy a estar bien”. Elba Acosta, propietaria de una tienda en el convento, cuenta que ha aprendido de los franciscanos “el respeto y la empatía”. De su etapa como secretaria, apunta que los padres recalcaban que fuera muy considerada con la gente que tocaba las puertas del convento. “Tú, Elba, eres la imagen de la parroquia, porque a quien van a ver primero es a ti”, le decían. Entre sus recuerdos figuran los retiros que hacían todas las secretarias de la orden y la insistencia de los padres en que trataran de que las personas que los visitaban no se retiraran nunca descontentas, si no agradecidas, para que no migraran a otras parroquias. “Si ustedes no están preparadas para atender a la gente, para tener ese trato cordial, amigable y ameno, entonces mejor vayan a vender papas al mercado”, indicaban. Por ello, cuando se presentaban personas que buscaban a un sacerdote, ella intentaba por todos los medios de que hubiera uno para atenderlas aunque estuvieran todos ocupados. “Yo quiero un padre franciscano”, le pedían. “A veces la gente me decía: ‘Señora, por favor, mándame a tal padre. Ese padre es muy bueno, nos ha dado una prédica tan bonita que hasta entre hermanos nos hemos perdonado’”. Elba atribuye la popularidad de los franciscanos a su carisma y humildad. Una oportunidad única José Castillo nació en Huancayo, pero se considera un santarrosi no más. Es sobrino bisnieto del primer alcalde del distrito, Claudio Sarapura. Varios tíos suyos también siguieron sus huellas, entre ellos Bertha Requena. Desde chico, su abuela, Luzmila Sarapura, le inculcó el amor a Santa Rosa de Ocopa. “No había sábado o domingo en que yo no viniera al distrito como premio por haberme portado bien, haber hecho mis tareas escolares”, recuerda. Ser alcalde del distrito en el tricentenario del convento es “un 209

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