El Sexto
EL SEXTO de María Auxiliadora. La isla flotaba entre un vapor rojizo de nubes. La fetidez de los excusado~ y del bo- tadero subía hasta el patio. La alta torre de María Auxiliadora, con su reloj, nos recordaba la ciudad: En las mañan~s, el repique de sus campanas que el ruido de los claxo}les ensoi:decía, y la · ·propia c~pula gris pero aguda que :parecía t~n próxima, casi al alcance de nuestras manos', nos transmitía el ritmo de la ciudad, su pulso. Pero i en las tardes, a "la hora puñal", y más, cuando se abríá un crep1J.sculo con sol, esa torre nos laceraba. · "La hora puñal" erá la última del dla, la del encierro. A las siete en punto venían los guardias a mete.rnos en las - celdas. Mirábamos, muchos, hacia la ciudad ~ esa hora, especialmente los que no habíamos. podido acostumbrar- nos a la rutina de la prisión ·Y vivíamos cada día como si fuera el primero del secuestro. "¡Si estuviera allí siquiera la torre de Santo Domingo o de la Catedral! -decía-. · ¡Y no ésta de cemento, sin alma, sin lengua, nada más que con alarde de tamaño!". Valía únicamente porque estaba cerca de Azcona, don- de los provincianos levantaban casas o chozas junto .a los algodonales, o metiéndose en los cercados. -¡Hierve Azcona! -exclamaba-. ¡Hierve! ¡Se ha- rán dueños los serranos, como Raúl. que ha criado chan- chos clandestinamente! De tanto mirar la torre, a esa hora en que empeza- ba a arreciar el hedor de los excusados y del botadero, ambas cosas se confundieron en mi memoria: la pestilen- cia del Sexto y la torre de cemento. - Y a esa hora precisamente, antes de la hora puñal, se atrevían a bajar al patio algunos presos políticos, para caminar a lo largo de la prisión, charlando. Porque no había luz eléctrica en las celdas, y en el patio podía- mos ver, en la penumb~a del opaco alumbrado, el cuerpo 27 (
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