El Sexto

, EL SEXTO de los vagos, ya fatigados aunque buscando siempre algún desperdicio en el suefo. Pululaba de gente el patio y el pasadizo, sobre cuyo aire denso cruzaban los seis puer.tes de-los pisos altos de la cárcel. De cuatro en cuatro, o de tres en tres, por lo menos, entre los presos comunes, ladrones y vagos no penados ni convictos, paseaban los detenidos políticos. Los vagos nos miraban; echaban sus piojos sobre el piso o al aire. Pero había que caminar, y los vagos no ofrecían más peligro que eI de sus piojos y su lloriqueo. Mendigaban. En el invierno temblaban de frío. Uno de ellos, un negro, co- brada diez centavos por exhibir su miembro viril, inmen- so como el de una bestia de carga. ."¿Se lo saco, señorci- . to? ¡Sólo diez centavos!", ,rQgabá. Los grandes asesinos y ladrones no salían sino rara vez al corredor; a esa hora permanecían en sus celdas, rodeados de su séquito. Yo no . bajaba sino . cQn Juan, a quien llamábamos "Mok'ontullo", y con .Torralba. Los dos tenían una gran salud. Eran creyentes de ideas opuestas. Nos mirába- mos y reíamos. Yo les había puesto sus sobrenombres. -Tienes ojos viperinos -le decía a Torralba. Porque eran oblicuos sus ojos, negros y con ojeras que le daban aún más · negrura. El y mi compañero de celda, Cámac, eran comunistas. "Mok'ontullo" era aprista. · Entre la gran reja de · acero y las celdas de la pri- sión hab:ía un patio. Cuando construyeron el penal, ins- talaron los servícios de desagüe -seis wáteres y un bota- dero- al lado izquierdo del patio. Pero los presos arran- caron poco a poco la madera que formaba una cortina delante de las tres filas . de tazas; luego desportillaron y rompieron los wáteres. Los guardias demolieron los res- tos a golpe de _martillo. Se creyó que los sustituirían ) 28 (

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