El Sexto
EL SEXTO que con unó habría sido· suficiente para matar a ese desperdicio humano. Jugaba con él. El japonés acababa por ensuciarse, echado como es- taba, sobre sus harapos. El negro se tapaba las narices, y reía a carcajadas, mientras sus "paqueteros" lo aplau- dían. Luego él y su grupo se iban a las celdas o conJ_i- nuaban conversando cerca de la reja. -Este japonés, ¿por qyé no se ensuciar~ eh cual- quier otra parte? ¿A qué tiene que venir donde lo ven? -me preguntó un preso político. -¿A qué? A defecar. ¡En dónde no lo verían! Ade- más, cholo, es la disciplina que tienen estos japoneses. Se morirá todo en -él, sobrevivirá la discipliná. ¡Eso es! -=-dijo Prieto, un líder aprista. · -No lo creo _:_dije yo-. Se defiende así, simple- mente se defiende. Tiene que darle gusto a "Puñalada?' y a los otros. -Hay más de una teoría para esto. Yo diría <JUe es el Perú que da lugar a que suceda -dijo "Mok'ontullo", un empleado arequipeño, aprista, que no conocía Lima. Lo trajeron preso, de noche, directamente al Sexto. , . -¿El Perú? ¿Qué tiene que ver? -replicó indignado el preso que había iniciado la conversación. - ¡Estamos, pues, en el Perú; cholito! ~OJ?.testó "Mok'ontullo"- "Puñalada" y el General, ¿de dónde crees que han venido? ¿'Del cielo? ¿Quién los ha engen- drado? -Tú dirías también, con ese criterio. que Dios los ha hecho. ' ·, -¡Dios!. ¿Entonces., quién? -alegó Prieto con vehe- mencia- ¿El diablo creador de todas las cosas, del cielo y de la tierra? ¿Tú no te acuerdas que el Obispo le entre- ga las llaves del Tabernáculo, . el Jueves Santo, a nues- tro General Presidente? Y él nos manda aquí, a herma- narnos "Puñalada" y con "Rosita", y este japonés que ) 25 ( I 1'
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