El Sexto

EL SEXTO El japonés se buscó los sobacos, hurgó con los <ledos su cuerpo, y empezó, con su costumbre habitual, -a echar piojos al . suelo. Se apagó el relámpago de dicha que animó su rostro ;empezó a caminar con la torpeza, co- mo fingida, con que solía ·andar. Avanzó sonriend_o hacia quien_es aplaudieron. Con esa sonrisa fija, humil- dísima, aplacaba a sus camaradas de prisifu.1; aún, a ve- ces, a "Puñalada". En algo, en algo se parecía el rostro de este japonés,' así ·opacado por la suciedad, al sol inmenso que caía al mar cerca· de la isla de San Lorenzo. "¿Qué tienen de semejante, o estoy empezando a enloquecer?", me preguntaba. En lbs inviernos de Lima el crepúsculo con sol es ·muy raro. Los inviernos son nublados y fúnebres, y cuando repentinamente se abre el cielo, al atardecer, algo queda de la triste humedad en la luz del cre- púsculo. El sol aparece- inmenso, sin fuerzas; se le puede contemplar de frente, y quizá por eso su resplan- dor llega tan profundamente a los seres anhelantes. No- sotros podíamos verlo desde lo alto del tercer piso del Sexto; lo veíamos hundirse junto a las rocas de la_isla ·que ennegrecía. Era un sol cuya triste sangre domina- ba a la luz, y despertaba sospechas irracionales; .yo lo encontraba semejante al rostro del japonés que se arras- - traba sonriendo por los rincones de la prisión. El rostro del japonés del Sexto, con su sonrisa ina- pagable, trascendía una tristeza que parecía venir de los confines del mundo, cuando "Puñalada", a puntapiés, n<! le permitía defecar. -¡Hirohito carajo; baila! -le gritaba el negro. Lo empujaba. El japonés pretendía acomodarse so- bre algún hueco de los _ e~-wáteres, y el negro lo volvía !' a tumbar con el pie. No eran puntapiés verdaderos, por- 24 (

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