El Sexto

EL SEXTO La luz del crepúsculo iluminaba los inmensos nichos. Porque la prisión del Sexto es exactamente como la répli- ca de algún "cuartel" del viejo cementerio de Lima. El japonés observó, anhelante, que los_huecos de los antiguos wáteres estaban desocupados; buscó . con la vis- ta a "Puñalada", a Maravi, al "Colao" y a "Pate'Ca- bra". No estaban afuera, en el pasadizo. La luz del día, un inusitado sol de invierno, era ya triste ahí abajo, en el primer piso, sobre la humedad, los escupitajos, las manchas verdes de la coca mastica- da, y más aún junto a los huecos de los excusados. El japonés corrió hacia uno de los huecos, se bajó el trapo que le servía de pantalón y, sin atreverse a que- dar en cuclillas, agachado a medias, se puso a defecar. Los otros presos comunes que lo vieron le dejaron hacer. Algunos mira1 on hacia las celda~ casi con el mismo te- rror que el japonés y se agruparon, como formando una cortina; otros se reían y volvían la vista de los wáte- res a las celdas. Pe.ro no aparecieron "Puñalada" ni Maraví ni "Pate'Cabra". El japonés defecó en pocos segundos; dejó parte de sus excrementos sobre el piso; no podía tener la puntería ' que los otros, a causa del miedo. Luego se amarró los pantal~mes, anudando algu- nas de las muchas puntas de las roturas del trapo. Lo vi casi feliz. Sonrió ·en la sombra, entre el vaho que empezaba a brotar de la humedad y la porquería acumulada en las esquinas de los antiguos tabiques: Quienes observaron las celdas, a la expectativa, con la esperanza de que "Puñalada" apareciera, aplaudieron. ) 23 ( I ,

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