El Sexto
EL SEXTO relación -la que estamos acostumbrados a ver que se c~rresponden en Lima- con la cÍaridad de sus refle- xiones y la belleza de su lenguaje. No f(>huscaba tf~r minos ni los aliñaba, como los políticos a los que ha- bía oído h~sta entonces. Era sin duda un agitador, pero -sus palabras nombraban directamente hechos, e ideas que nacían de los hechos, como la flor del berro, por ·ejemplo, qpe crece ~e las aguadas. . Sólo que la hierba no seca el' fango, y las palabras parecían fatigar mor- talmente a Cámac. La voz de "Rosita" interrumpió bruscamente mis reflexiones. Cantó de nuevo, en frente · mío, desde el interior de una celda. Luego salió; se arregló con am- bas manos el peinado y miró a algui"en que debía estar bajo la celda de Cámac, en el corredor del segundo piso. . Tenía los labios pintados. Miró un buen rato, con alborozo y coqueteríá, hacia el segundo piso; giró después sobre los tacos y entró a la celda; .Caminaba al modo de las mujeres delgadas que gustan de mover las caderas y la cintura, provocativamente. - ¡Es al Sargento! -oí que decían a mi lado-. ¡Ya lo tiene! Volvió a salir a la puerta. ,,-Los presos comunes y los vagos no se arremolinaron delante de su celda. No pasó nada especial. Miré largo rato a uno y otro lado de los corredores y del piso bajo. "Puñalada" segÚía de pie, alto y sombrío, en la puerta de la cárcel; Maraví volvía. Pasó frente a "Rosita" . y lo saludó con la maño, sonriendo siempre. Fue al único que saludó. Yo regresé a la celda. -Ese "Rosita" debe querer r algo -dijo Cámac-. j No canta así a estas horas! Dicen que está enamorado del Sargento. ¿Qué salida tiene aquí ese hombre? "Rosi- ta" coquetea bien. El Sargento es un hombrazo, y viene por estupro. El negro va rabiar, va rabiar de muerte. ) 22 (
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