El Sexto
EL S~XTO -¡Un momento, compañero estudiante; ¿tú eres de la sierra,. no? -Sí, -le dije-. Soy de un pueblo chico, de que- brada. -Se sabe. Pedro tiene miedo de que te contagie. No estoy para eso todavía. No tengo el bacilo. El médi- co del penal no examina a nadie; nos mira solamente. Dice que tengo el hígad(' Pero Pedro sospecha. Yo no. ·He visto enfermarse y padecer a los tísicos hasta que han muerto. Sé como es. No tengas miedo. -Tú sabes, compañero que no tengo miedo -le dij e-. Quedas bien en mi cama. -¡Claro, amigo! Ahora anda; mira bien el Sexto de día. ¡Convéncete! Ve cómo comienza un día de trabajo en la cárcel. Porque la Intendencia no es cár- cel. Es alojamiento no más: ¡Anda afuera, compa- ñero! El hombre es bien curioso. Cerca de la puerta de nuestr~ celda me aP,oyé en las barandas de fierro, y no pude examinar las cosas con la tranquilidad necesaria. De pie, miré el fondo del penal; y mientras la hirviente multitud de los vagos y criminales que deambulaban en el patio bajo murmura- ba en desorden, pensé en mi compañero de celda. Nadie me interrumpió; no 'se ocupaban de mí los presos polí- ticos del tercer piso. Volví a sentirme nuevamente co- mo en una pequeña y absurda dudad desconocida, de gente atareada y cosmopolita. Así, toda mi razón y mis sentimientos volvieron hacia mi compañero de celda. ¿Qué era más impre~ionante en · Cámac: la claridad de la imagen que tenía del mundo, o los pocos, los muy pocos medios de los que parecía haberse valido para llegar a descubrimientos tan categóricos y crueles? Su facha, sus modales; su modo de tratarme, ya de tú, ya de usted; su cama de paja reforzada de periódicos; su saco y pantalón de hechura poblana,_ no guárdaban ) 21 ( "
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