El Sexto

EL SEXTO dos! Y nosotros, amigo, estamos bajo los zapatos de los condenados! ..,-Usted habla de los gringos que ha visto en Moroco- cha ·y Cerro. P'ero ellos son millones. No confunda ... -¿Y por qué nos mandan a esos que miran al cholo no como a gente sino como a perro? Así es, amigo estu- diante. · Tú te ves allá, en las minas y, clarito, no en- cuentras otro camino: o ellos o nosotros. Así nos tratan, a;í nos miran. Por eso estamos aquí. ¿O usted no? - Yo también estoy aquí. -Con "Puñalada" y Maraví que es hijo de ellos, hijo purito; más de lo que para mí es mi Javiercito, que a estas horas debe estar llorando de hambre en Moroco- cha. -Vámonos -le dije-. Estás cansado. Sus facciones se habían afilado y su piel empalideció. Lo ayudé a subir. -La rabia me hace tener esperanza -me dijo-. Pe- ro creo me come la sangre. Lo saludaron muchos en el angosto corredor al que daban las celdas; pero ninguno se detuvo. Ya estaban levantados los presos y transitaban, al parecer, afano- samente, por los angostos pasadizos de las dos alas del edificio. Tuve la impresión ~exacta de caminar por las oficinas y corredores de una gran empresa donde todos iban a sus ocupaciones urgentes. Nuestra celda estaba muy cerca del alto muro final del Sexto, que daba a la Avenida Bolivia. Cruzamos todo el corredor. Vi en las celdas gente que discutía o trabajaba. - ¡Están ocupados! Ven más tarde -'-escuché decir en el interior de una celda. -Has hablado mucho compañero -dijo un hombre viejo, al vernos pasar. Estaba enfrente, en la otra fila de celdas. 19 (

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx