El Sexto
/ EL SEXTO sólo de sus pensamientos sino de su ademán y de la expresión tan qesigual de sus ojos, que parecía dar más poder de evidencia a cuanto decía, él se detuvo. apoy{m- dose en las b.arandas de fierro, y continuó explicándome. Su ojo sano era c·omo una estrella, .por la limpieza y la energía; el otro, apagado, nadando en lágrimas, hacía refulgir mejor, con su tristeza, al ojo sano. -Sí, compañero. Creo en todo lo que dices; sigue -le dije-- ¡Te escucho! -¿No es cierto que el gringo de los trusts no tiene patria? ¿Dónde, dónde pone su corazón? ¿Sobre qué , tierra, en qué pueblo? ¿_Qué cerro o qué río recuerda en el corazón, como a su madre? ¿Qué hace un hombre que no ha sido cuidado, cuando era huahua, por la voz cariñosa de su madre? ¿Un griago que no ha sido cria- do, propiamente? ¿Entiende usted? ¿Que no na tenido crianza de una patria, sino del billete, que no huele ni a México ni a China, ni a Japón, ni a New York, que ni siquiera ·tiene el olor de las lá,~rimas ni de la sangre que ha costado, ni del azufre del demonio? ¡Estamos jodidos, porque ellos mandan todavía en el mundo! -¿No cree usted que aman a los Estados Unidos, o a su Inglaterra? ¿No cree usted que cada quien ama al país en que ha nacido? ¿No lo cree usted. compañero? -le pregunté. -De esos gringos que he visto en Morococha no lo creo, compañero. Uno que t~ene a su padre y a su madre y a su patria y va a otra nación para hacer millones con la sangre y la tierra extranjen, acaso, si es hombre . criado por padres y madres, ¿puede escupir al trabaja- dor que le hace ganar millones? ¿Puede escupirlo? ¡Ahistá! Ese no tiene crianza. Por eso, como maldición, no hay para él otro apoyo que las balas. ¡Balas y bille- tes, es la patria del gringo! Y entonces todo se lo quiere agarrar. · No hay más remedio para él. ¡Están condena- ) 18
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