El Sexto
EL S.E X To ~¡Vámonos, amigo! -me rogó. Temblaba ~u ojo sano, parecía no poder res1stir la sensación de asco que oprimía todo su rostro. Nos fui- mos. -En el segundo piso están los criminales no aveza- dos -me dijo, al paso-. Son violadores, estafadores, ladrones no rematados. Hay también un ex-Sargento qe Lambayeque, acusado de estupro. Estamos viviendo so- bre el crimen, amigo estudiante; aquí está abajo y noso- tros ·encima; en Morococha y Cerro es al revés; ellos 'encima, los chupa sangre, abajo l9s trabajadores; ya sea __ debajo de la tierra, en la mina, o en los barrios de lata. Porque en Morococha, los indios obreros duermen en barrios de lata. ¡Cómo aguantan el frío! Ya lós comune- ros de Jauja no quieren ir; las empresas está!): engan- chando indios, pobrecitos indios de Huancavelica. J:Ierma- no 'estudiante, ellos son en esas minas lo que estos vagos en el Sexto. Lo último. Los gringos escupen sobre ellos. ¡Sobre nosotros no, no tanto! ¿Qué piensas tú~ camara- da; con qué pensamiento ha~. venido? ¿Tú conoces Moro- cocha y Cerro? ¿Sabes que en ningún sitio de nuestras cordilleras hace más frío que en Cerro y Morococha? ¿Para qué sirve a-Ilí un techo de lata? Para esconder a la gente, que no vean lo que tiemblan. La cuestión es tapar y chupar la sangre. Los gringos, pues, no son ni de aquí ni <le allá; son del billete. ¡Esa es su patria! En la escalera, sl borde del segundo piso se detuvo para hablar, casi inopinadamente. Me asombré de que tuviera tanta libertad para hablar en voz alta de asunto tan peligroso. Aún en la cárcel me parecían temerarias esas palabras. Estábamos habituados . a cuidarnos, a mi- rar a nuestro alrededor antes de decir algo en la ciudad. Cámac había perdido ya esa costumbre. Tenía 23 meses de secuestro en el penal; había recuperado allí el hábi- to de la libertad. Y como lo escuchaba, pendiente no 17
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