El Sexto

EL SEXTO - j Nadie es como él, asesino! -me dij o Cámac, en · voz baja. - Tenía la facha y la expresión del maleante típico. Volv~ó a gritar. . -¡Ques d'ese Ascarbill-0 billo ó ó! Pero su voz parecía tener más potencia en d fondo del penal que allí, a cielo abierto. -Desde esta reja él controla el ingreso -Oe la coca, del ron, de los naipes, de las yerbas, y de los nuevos presós; los escoge. -Son peor _que los indios, estos la- drones de la costa. Usan yerbas para maleficios, y chacchan coca, más que un brujo de la sierra -me dijo Cámac~ siempre en voz baja. El negro seguía mirándonos. -¡Vámonos! -dijo Cámac. -Me quedaré -le dije. Cámac se retiró un poco hacia la escalera. Yo me acerqué más a la reja. Vino desde el fondo del penal un individuo bajo, gordo, achinado; lo acompañaba un negro joven. El hQmbre bajo se echó a reir a mandí- bula batiente. -¡No digas, cabro! -dijo- ¡Vainetilla! -¡Venga, compañero! -me lla.mó Cámac -No se mezcle. . , · . El hombre gordó ten'ía expresión simpática; la risa sacudía su cuerpo. Se le veía feliz, como si no estu- viera entre esos nichos y la pestilencia de los ex_cre- mentos. Cámac me llamó nuevamente; se acercó a mí y me llevó del brazo. - -¡Es Maraví ! -dijo-. El otro amo del Sexto. Tiene tres queridas; ese negrito es uno de ellos. ¡Vá- monos! -El ojo sano dPI carpintero ardía. el otro nadaba en lá- • gnmas espesas. ) 16 (

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx