El Sexto
EL SEXTO ha restos ál -botadero, los vagos más desvalidos se lan- zaban al depósito de fierro y se quitaban los trocitos de zanahoria, las cáscaras de papa y de yuca. Las cásca- ras de naranja las masticaban con locura, y las engu- llían, sonriendo o sufriendo. Sobre el coro de los vago.s y el vocerío de los presos del primer piso, la voz de "Puñalada" hendía el a_ire, lo dominaba todo, repercutía en el pecho de los que estábamos secuestrados en la prisión. No recuerdo que nadie perman~ciera indiferente al oir las primeras síla- bas de la llamada; y no solamente porque todos aguar- daban alguna visita o un encargo, aún -quienes tenían a padres y camaradas a miles de kilómetros de Lima, co- mo "Mok'ontullo", y los presos que trajeron de la selva; sino porque el tono del grito, su monotonía, su última sílaba se hundía en nosotros, a la luz del sol o bajo la triste llovizna de los inviernos. "¡Puñalada!" era su nombre; nadie sabía cuál era el que pusieron a ese negro gigante en su fe de ·bautismo. Aquella mañana corrí hasta el extremo del balcón del tercer piso, para verlo. Estaba apoyado en la gran reja. Bajé las gradas. Cámac me siguió. El p~tio pululaba ya de vagos. No me eran desconocidos; eran idénticos a los que había -xisto en la Intendencia. Me acerqué a la reja. El negro se fijó en mí. Debi_ llamarle la atención p-orque bajé a saltos las escaleras. No miraba jamás directamente; hacía como los ca- ballos, que por la forma de la cabeza y la inmensidad de los ojos, nos mir~n por un extremo de ellos. "Puña- ñalada" era muy alto; en algo influía su estatura, o lo a y udaba, a dar naturalidad a esa manera como preme- ditada y despectiva de mirar a la gente. Y como era negro y la córnea de sus ojos estaba algo oscurecida por manchas negruzcas, su mirada parecía adormecida e il).diferente. ) 15 (
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