El Sexto
EL SEXTO ces no había tierra ni cielo ni ser humano distintos. Si cantaban en ese instante los chihuacos y las palomas, de voces tan diferentes, el r.anto se destacaha. accnip::t· ñaba al sonido profundo del árbol que iba del subsuelo al infinito e invisible cielo. Lima bajo la llovizna, a pesar de su lobreguez, me aproximaba siempre, algo, a la plaza nublada de mi aldea nativa. Me sorprendió, por eso, que la garúa hubiera - cambiado de naturaleza al canto de mujer oído allí, en- tre los nichos del Sexto. Y mientras Cámac ii1tentaba comprender el sentido de mi pregunta ·y de mi pensa- miento, un grito prolongado se oyó en el St:xto; la últi- ma vocal fué repetida con voz aguda. -Es "Puñalada" -me dijo Cámac-. Está llaman- do a Osborno. El grito se repetió: -¡Ques d'ese Osborno o ó ó! ¡Ques d'ese Osbor- no o ó ó! Me acostumbré después, en diez o veinte semana$, ' al grito; a la inexplicable tristeza con 'iue el asesino repetía siempre la última sílaba. -¡Ques d'cse Sotuar áárr! -¡Ques d'ese Cortez ' ééss! - ¡ Ques d'ese Casimiro iróóó ! Deformaba los apellidos, los gritaba casi en falsete, apoyando la voz en la nuca. Todo el Sexto parecía vi- brar, con su inmundicia y su apariencia de cementerio, en ese grito agudo que era arrastrado por el aire como el llanto final de una bestia. A veces cantaban en coro los vagos o los ladrones, en sus celdas, acompañándose del ruido de cucharas con las que marcaban el ritmo. Se excitaban e iban apuran-· do la voz, mientras la llovizna caía o el sol terrible del verano pudría los escupitajos, los excrementos, los tra- pos; no los desperdicios, porque apenas alguien echa- ) 14 (
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