El Sexto
EL SEXTO -Pero su voz es legítimamente de mujer. -Ella es, pues, mujer. El mundo lo ha hecho así. Si hubiera nacido en uno de nuestros pueblos de la sie- rra, su madre le hubiera· acogotado. ¡Eso es maldición allá! Ni uno de. ellos crece. En Lima se pavonean. Ten- drán, pues, las dos cosas, pero lo que tiene de hombre • seguro es mentira; le estorbará. Y aquí canta bonito. ¿Qué dices? _ , Cantaba el vals "Anita ven"; lo entonaba con armo- niosa y cálida voz. - ¿Es ladrón? -pregunté. -Famoso~ como Maraví y "Pate'Cabra". Es gran- de entre los ladrones. Por es.o está aquí, y no lo suel- tan. En ese instante oímos ruidos de fierros, lejos. -Están abriendo las celdas -dijo Cámac. -Mejor nos levantamos. · "Rosita" dejó de cantar; la llovizna que -, caía al angosto aire del Sexto, marcando · cada gota pequeñí- sima de la garúa sobre el cemento manchado, casi mu- griento del murq, se hizo más patente; la _voz de mujer la había difuminado; ahora se agitaba; me recordaba la ciudad. ¡"En la cárcel también llueve!", dije, y Cámac se quedó mirándome. Yo me crié en un pueblo nubloso, sobre una especie de inmenso andén de las éordilleras. Allí iban a reposar las nubes. Oíamos cantar a las aves sin verlas ni ver los árboles donde solían dormir o descansar al medio día. El canto animaba al mundo así escondido; nos lo aproximaba mejor que la luz, en la cual nuestras dife- rencias se aprecian tanto. Recuerdo que pasaba bajo el gran eucalipto de la plaza, cuando el campo estaba cu- bierto por las nubes densas. En el silencio y en esa especie de ceguedad feliz, escuchaba el altísimo ruido de las hojas y del tronco del inmenso árbol. Y enton- ) 13, (
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