El Sexto

.EL SEXTO -Nunca se me cura este ojo -dijo, cuando com- prendió que lo observaba. Se lev,Jlntó de la cama, un colchón de paja reforza- do con periódicos. Se puso de pie. ~Mataremos los chinches -dijo-- aunque son son- sitos. Después tenderemos tu cama. Con la vela empezó a quemar las chinches que esta- ban atracadas en los poros, celdillas y rajaduras del cemento. Se irguió luego y calentó el muro, para pe- .. gar allí · la vela. Ví que era alto y flaco; de cabellos erizados y grues9s. Su cuello delgadísimo causaba preocupación, parecía de una paloma. -¿Por qué no cantaron los que veníamos? -le pre- / gunté. · - ¿No sabes? Por lo del Prefecto. . . Hace como un año mandó sacar a los presos que habían llegado - al Sexto; a la noche siguiente los hizo , escoger por lista; los hizo formar acá abajo, en el patio, junto a los excu- sados. Les amarraron las manos atrás. Y los soplones les embarraron la boca con el excremento de los vagos. ¡Por Dios! ¡Es cierto! El estaba parado cerca de la reja. ¿Usted le ha conocido? Era más flaco que yo, de ·anteojos, bien alto, medio jorobado. Miró desde lejos el castigo. "!Qué no se laven, carajo!", ordenó. "Metán· los amarrados a las celdas". Había creencia de que lo matarían después de eso. Pero dicen que está tranqui· lo ahora, de patrón de haciendas en el mero norte. -Sí -le dij e-. No se trata de él ¿no es cierto? - ¡Claro, y seguimos cantando! Y todo el mundo cantaremos, cuando el cadáver de ese flaco esté pudrién- dose. Su ojo sano tenía una expresión dulce y penetrante. , - Yo tiendo tu cama, compañero. Hay que saber tomar la dirección del aire "que entra por la reja, y del ) 11 (

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