El Sexto
\ EL SEXTO tad ºsu carga de per"iódicos a la espalda. Me apretó la 111ano; v í su rostro embellecido, sin rastros de su du- r1·za habitual. Era un preso aprista que me había odia- do sin conocerme y sin haberme hablado nunca. Lo exa- 1n i rn·~ detenidamente, extrañado, _casi aturdido. Creí que -" al oir la "Marsellesa", entonada por esos pestilentes muros, me rechazaría aún más. Sabía que era un hom- bre del Cuzco, de la misma lengua que yo. -- -¡Adiós! -me dijo- ¡Adiós~ Yo me quedé aún más sorprendido. ¿De quién se despidió? Levantó la mano. Y desfi- lamos hacia el fondo de la prisión, uno a uno. Recomenzaron el canto. Me acordé de la gallos de pelea - de un famoso galpón limeño. Cantaban toda la noche sin confundirse ni equivocarse jamás. ¿Cómo sabían en que instante le tocaba su turno a cada uno? Los presos del S.exto también, en sus disrantes celdas, seguían las notas de los himnos sin retrasarse - o ade- lantarse, al unísono, como por instinto. Los guardias y "sul-'bnes" que nos custodiaron aparentaban calma; na- die sonrió ni maldijo. Me tocó de compañero de celda, aquella noche, Ale- jandro Cámac, un carpintero de las minas de Moroco- -cha y Cerro, ex-campesino de Sapallanga. Prendió una vela en cuanto me , echaron .a su celda. Tenía un ojo empequeñecido por la in;itación de los pár- pados. Daba la impresión de ser tuerto. Su ojo izquier- do, que nadaba en lágrimas, parecía inerte. -¿Quién es Ud. señor? -me preguntó. Le dije mi nombre. -¡Te conozco! -exclamó-. Han pablado de tí acá. Suerte que haiga sido yo tu compañero para vi- vir en el Sexto. ¡Suerte mia ! -¡Suer.te mía! -le dije. Era más de la media noche. ) 10 ( .
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