El Oncenio de Leguía
- 85 - ción personal, efecto de una exorbitante sed de gr~i:ideza. El no hacía distingos en favor de pa- tnc1os ó plebeyos, _de masones ó preladoE, de rusos 6 suecos, de fascistas ó nihilistas, de enemjgos 6 amigos, con tal de que le pudieran servir para sus fines. El comunismo fué sin duda la última carta que se reservó el astuto gobernante en su juego polí- tico. Jamás pudieron los hombres del Régimen L':'guiista sentirse completamente seguros en su po- sición, y por eso procuraron entre otras cosas, tener sus fortunas en bancos extranjeros, donde estuviesen garantizados contra una confiscación eventual. Aunque Leguía creyera morir como Presidente Vitalicio 6 Inca del Perú, no dejaría de pensar en medio de sus planes hábilmente dis- puestos, en el momento de una retirada forzosa- como la qut le sobrevino en realidad el 22 de Agosto de 1930, día de la Revolución de A, requipa. Pero hasta en tal eventualidad, el tenaz intrigante no se declararía todavía vencido: miem- bros adictos á él, de la marina nacional, prepa- . rarian una fuga del presidente derrocado hasta Panamá, un puerto poblado por sus protectores los yanquis, que desearian ardientemente el re- greso al poder de un amígo suyo tan condes- cendiente. Entonces, la baraja "comunismo" ha- bría resultado un as en el juego de naipes. El menor asomo á un movimiento anarquista en el Perú habria podi fo servir de pretexto para que un acorazado yanqui con Legufa á bordo, hubie- se enderezado rumbo al Callao, imponiendo al país "éste único hombre" capaz de guardar el órden en nuestra levantisca República. No falta- rían brazos activos que aguzaran la rebelió¡i en Lima hasta un grado suficiente para justificar una in- tervención en resguardo de las vidas é intereses
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