El Oncenio de Leguía

- 34 mente creado con eí fin de rendir entradas. ¿Con que dinero habría que sufragar al fin el Es- tado sus gastos corrientes, cuando casi todas las entradas legítimas del Fisco quedaban afectas á - responsabilidades de crédito? De amortización de deudas ya no se podía hablar, y desde luego el Perú de:cansaba solamente en 1a tolerancia de suc::; acreedores hasta el día en que le fuese impo- sible pagar aún los intereses devengados y conse- guir nuevos créditos para prolongar su precaria vida económica. Solo aumentos de contribución de toda especie podrían remediar por momentos los dilemas que se presentaba~, y algún día los ciu- dadanos serían inca paces J.e resistir tributaciones mayores. O el Perú se rendía integro, con sus tie- rras y sus gentes, a un amo extranjero, o cortaba con un insbnto salvador de conservación propia su desea. bellada carrera. Leguía, y más aún que él, su camarilla, estaba dispuesta á la venta con pre- ferencia al corte. ¡ La existencia del Perú estaba en la balanza¡ Pero la Nación yacía confiada en su gobernante ó estaba indiferente á su suerte. Notoriamente los gobiernos suramericanos de esa misma época, tan majos como el de Leguía, reci- bían comisiones de ; los prestamistas neoyorquinos en premio de negociar ios tesoros de sus respecti- .vas patrias, por lo que, al producirse más ó menos simultáneamente el derrumbe de ]os regunenes presidenciales en Bolivia, el Perú, ]a. Argentina, el Brasil y Chile, el Ministro de Relaciones Exterio- res de Estados Unidos de Norte America, Stim- son halló forzoso hacer una declarnción oficial, al efr~cto de calificar como ilegales los emprestitos internacionales realizados á base de una comisión para el gobernante negociador· En un ·editorial de"The Graphic' ' de Nueva

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