El Oncenio de Leguía

/ 28 can y pcr eso ell8s alc&.nzan todo su dernrrollo, m.adurando sus malos fruto~. El st'creto de ganar- se la voluntad de nuestro núblico es saberlo enga- ñar: tratarlo con maneras finas; no hacerlo perci- bir que existe al lado opuesto sentido de superiori- dad 6 distanciamiento gerárquico, hacerlo perder el tiempo .en largas antesalas, a1irnent~nd? fútiles f'~pe- ranzas antes que darle una an t1pát1ca negat1 va; servirle de padrino á cualquiera en su fiesta a ma- nera de un rey gentil. Esté:l habilidad no Ja poseye- ron los civilistas unida á su habilidad en el negocia- do. Al civilismo se le adhirió la leyenda de 1a Ar- golla. Se decía que ese partido tenía el propósito de transformar el Perú en una oligarquía y se atribuía á los Pardo la palabra de que en el país debiera haber solo ricos y pobres, ó sea una clase dirigente y otra clase sierva. Por fin no fué Pardo sino Leguía quien le puso al pueblo la argolla, ó sea que estableci6 la tiranía más absoluta que en el Perú se haya conocido; no fué el civilismo sino el leguíismo que mató por completo la oposicion padamen taria y periodística, y acabó el leguíismo por ostentar peculados tan fenomenales, si no más fenomenales que el civilismo. ¿Que. Legufa fué de la casta misma de los ci vi lis- tas y hechura del civilismo? Pero entonces ¿cómo e8 que aquel mismo pueblo que abominaba de los civilistas aclamaba á los leguíistas·? ¡Curiosa parado- ja! Leguía se dedicó desde la iniciación de su gobier- no a la obra de destruir el partido civil y lo hizo con gran beneplácito del pueblo que miraba en los civiles la clase de los gamonales. 6 sea de los eter- nos explbtadores. Al pueblo ]e pasó con el ]eguíismo y ~1 civilismo cosa igual como con los yanquis y los cht~nos; tanta fué la con fianza que prestó a Leguía y al Tío Sam como era la desconfianza que oponía al círculo del "Comercio" y a los chilenos. Leguía

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