Zarela : una novela feminista

114 LEONOR E DE MENÉNDEZ suspiro, sonriendo con esa su · sonrisa empa- pada en lágrimas. Sólo cuando una madre, haciendo alusión, al porvenir de su hija, la decía que deseaba para establecerla un hombre de las condicio- nes de Simón, sólo entonces ~entía un estre- mecimiento de horror, de piedad i respondía con marcada turbación: -Sí, dice bien, - mas cuando decida. es- tablecerse, tanto usted como ella deben re- fleccionar mucho, estudiar con calma el asun- to i recordar 10 que casi nunca se tiene pre- sente, aquello de que el matrimonio es para toda la vida; sí, para toda la vida. Soledad quedaba meditabunda i su sem- blante velábase de profunda tristeza; en tanto que las ultimas frases que acababa de pro- nunciar, repetíanse tenaces en su cerebro, con aquel eco lúgubre que, según algún libro místico asegura, escuchan los réprobos a- llá en lo incógnito, en el antro mi~terioso del castigo: «¡Nunca jamás saldrás de aquÍ»! En las invitaciones, en las espléndidas tertulias, los esposos del Valle representaban a maravilla sn papel. Simón manifestaba a los amigos, ser el más dichoso de los morta- les; Soledad era envi diada dA las suya. s, a- vivando en muchas el deseo de conseguir ma- rido, haciendo que a San Antonio, protector

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