La Perricholi, t. 1
MARI A J • ALVARADO RIVERA J . . 1 J d' 1 MICAELA.-¡Negociante!. .. ¡ a, p, Jª···· ¡ u 10 .•.. J . . 1 ¡ a, Ja, Jª .... <MUSICA DE FONDO>. MAZA.-¡ Canela fina!. . . ¡Canela sm igual! ¡ Am- brosía divina! LOCUTOR: Estamos ahora en un locutorio conventual, y Maza con la elocuencia que le inspira su pasión, pretende ga- nar al reverendo a su causa. MAZA.-Pien~e su Reverencia que para merecer el premio es necesario luchar; . que sin batalla no hay vic- toria; que para que haya virtud, tiene que haber tenta- ciones. PADRE.-Sí, sí, hijo mío, tienes razón; empero muchas veces en las tentaciones sucumbe la virtud, y la pureza de la mujer es como un espejo que el menor alien- to empaña. MAZA.-Y que la lucha hace más fuerte y agrada- ble a Dios, padre Reverendísimo. ¿Qué pureza es la que no se prueba? ¿Qué mérito tiene la virtud pasiva que no .ha vencido tentaciones? PADRE.--Empero, si sucede el caso contrario, que las tentaciones triunfan, ¡qué cargo de conciencia para mí, hijo mío, qaber consentido, y aun más, haber hecho uso de mi influe~ci<;t de confesor para lanzar_a Miquita al tinglado! ... ¡Jesús, María y José! ¡No, hijo mío; no! MAZA.-¿ Y la miseri.a, Reverendísimo? ¿No creéis que en la miseria hay más peligro que en el teatro? Una mu~hacha tan linda como es Miquita, con hambre, sin trajes que lucir, viendo sufrir a la madre y ·al hermanito, a quien qu~ere tanto, ¿no teméis que no pueda resistir el tormento de tanta pobreza, y que llegue ·el día en qúe
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