La Perricholi, t. 1

16 MARI A J . ALVARADO RIVERA MAZA.-Dios te guarde, hermosa ñusta. ¿Espera• has a otro? MICAELA.-Me dan tantas serenatas que antes de ver al cantor, me es difícil adivinar quién es. ~. MAZA.-Tienes fino oído, y sobre todo, cuando el corazón está interesado se descubre una voz entre mil. MICAELA.-Cuando está interesado el corazón, sí, vos lo decís bien; empero como el mío no lo está, no sa- bía quién era el trovador de esta noche y de esta hora. MAZA.-¡ Cruel, cómo te envaneces de incendiar co• razones! ... Feliz el mortal que logre prender en el tuyo un fuego inextinguible. Dime, bella ñusta, ¿no podré yo encender siquiera una llamita? MICAELA.-Pero. . . ¿qué buscáis?. . . ¿Qué bus- cáis? MAZA.-¡ Tus manos para besarlas. . . Para comér- melas a besos! MICAELA.-¡ Guá ! ¡Qué antojo! ... ¡Pobre de mí sin manos! MAZA.-No seas mala. . . No te burles. ¡Quiéreme un poquito! · MICAELA.-Haced méritos. Vos como buen co- merciante, decís siempre: "dame"; empero, nunca pro- nunciáis "te daré". MAZA.-¿ Qué quieres? Dime lo que deseas y te lo daré aunque me cueste un Perú. MICAELA.-No pido regalos; no solicito riquezas, sólo anhelo que me hagáis entrar eri vuestra compañía. ¡Sueño con cantar en_el teatro! MAZA.-¿ Y acaso yo me he negado nunca, Miqui- ta, a tal deseo tuyo? Es tu madre, doña Teresa, quien se opone. MICAELA.-¡ Claro! Porque vos no os habéis ma• nifestado resuelto. Si le hubieráis dicho que teníais mu- cho interés; que yo poseía condiciones; que lograríais

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