La Perricholi, t. 1

\ ba M: A R i il i . i\. t v A. h A. i:> ó n 1 'v E a 1 MIQUITA.-No, no quiero que vaya un esclavo... ¡Quiero que la traigas tú! VIRREY.-Pero, Miquita, ¡qué antojo! Que vaya Francisco. MIQUITA.-Te he dicho que quiero que vayas tú... Tú, tú y tú: no otro. VIRREY.-¡Vaya un capricho! ¡·Estás loca! MIQUITA.-¿No me oyes, Manuel? ¡Ve, ve a traer- me el agua, o no respondo de nada de lo que pueda suce- der!... Me infieres tan grande agravio, y no quieres tener ninguna penitencia... ¿Crees que estoy obligada ~ sopor- tarte eternamente?... En resumen: ¿qué me das?... ¿Ma· . . ? J . . ' V ' tnmomo .... ¡ a ... Ja... Jª .... ¡ anas promesas. VIRREY.-Bien sabes que mi deseo es desposarte: pero que la nobleza, el arzobispo, me hacen una oposición terrible. Hay que esperar que calme la tempestad. MIQUITA.-¡ Y mientras tanto, la burla, la afrenta, el desprecio, consumen mi juventud, me enferman, me matan!. .. Traeme agua, que me abraso... VIRREY.-Voy; voy para que no dudes de mi amor, y me perdones esa mala palabra. (Pasos. - Mur.... mura). ¡Mujeres, mujeres, a lo que lo obligan a uno. (Abre una puerta descorriendo el cerrojo). ¡Rediez, si no la qui- siera tanto! <RETUMBA UN PORTAZO>. MIQUITA.-¡ Que comprenda que no soy su escla- va, y que me da bien poco por el sacrificio que le hago de mi juventud, teniendo a mis pies pretendientes que me ofrecen riquezas y títulos!... ¡ Perricholi !... ¡ Perrkholi ! ¡Me las pagará! * * * LOCUTOR: Y como los amores del Virrey con la aplaudida ac- triz, hacían siempre el gasto de las conversaciones de la

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx