La Perricholi, t. 1
128 M A R I A J . A L V A R A D O R 1 V E R A LOCUTOR: Y en el palco de la marquesa de la Laguna, la · a111t" bición, el odio, el ansia de venganza, el sometimiento for- zoso a la voluntad del Virrey, simulan un romance de amor. MARQUESA.-Pero ¿habéis visto qué insolencia, qué desfachatez, presentarse con tan ricas joyas en el proscenio? MARQUES.-Las paga el real tesoro... En la cor- te de España no dan crédito a las cartas. Será preciso to- mar otra medida. MARQUESA.-· ¡Si pudiéramos ir nosotros! MARQUES (Con sarcasmo).-Cuando nos casemos, que será presto. MARQUESA.-Con qué tono lo decís ... Ya os he manifestado que a pesar de que el Virrey anunció públi- camente el compromiso, yo no os obligo... Dueño sois de no realizar nunca el enlace, por más que sufra mi honra... MARQUES.-Es que aunque yo no quisiera efectuar el matrimonio, lo que jamás he pensado, el Virrey se en- cargaría de conducirnos al altar'. MARQUESA.-¿ Por qué pensáis así? MARQUES.-Ayer me hizo llamar a Palacio, y se empeñó en que acordáramos la fecha de la ceremonia. MARQUESA.-¡ Ah!, viejo carcamán. MARQUES.-¿ Qué decís vos? ¿Qué debo contes· tar al Virrey? MARQUESA.-Lo que gustéis; pero teniendo en cuenta que estáis en una disyuntiva: el matrimonio o el destierro, que sería vuestra ruina, porque sin vos aquí, los administradores de las minas, os darían la cuenta del gran capitán. MARQUES.-Tenéis razón... Os debo estar, pues, doblemente agradecido, porque me evitáis el destierro y sá.'lváis mi fortuna.
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