Ciudad del sol

- 79- No faltan las paupérrimas chicherías, con la-s puer- tas abiertas, diríase grandes bocas negras cuyo f an- do no se alcanza a ver; a falta de rótulos anuncian el lugar de la venta largos carrizos a cuyos extremos lu- ce un ramo de flores. Al paso rápido del caballo no tardo en llegar a la vera del río Vilcanota, cuyo trazo sigo entre dos f or- midables murallas de cerros floridos. Ollantay debió seguir eEte camino buscando el lugar apropiado donde fijar .su residencia: a veces parece que las laderas al estrecharse, bordeando las orillas del río, cerrasen el paso cual una inevitable encrucijada de la naturaleza; mas co-ntinuaindo la ·ma·rcha desaparece el engaño, y lo que se creía insalvable parapeto continúa siendo fran- ca y amplia ruta. A los espinos floridos, muytits tier- nos y retamas odorantes, sucede un b0isque _de salvajina, especie de musgo azulado que enreda sus anillos y se descuelga desde los picos de las piedra~~ cual abun- dantes y enmarañadas cabelleras de cabezas peniten- tes en postración eterna; otros de estos parásitos brin- can sobre los arbustos y se extienden ocultándolos con su espeso ropaJe. En el bosquecito de salvajina, donde la fronda in- cita a la melancolía, fué si n du da donde Ollantay, en una noche de luna, suspiró p.or la ausencia de su ama- da Princesa. * * * ·La mañana es hermosa ; el sol sin tener el rever- bero de los arenaleE costeños, colorea tiernamente la quebrada: la brisa tibia y perfumada incita el espíri- tu a la beatitud de los primeros arnores. La evocación de las almas ancestrales se apode- ra de la mente: Ollantay estuvo allí; parece que hu- biera dejado en la· naturaleza que admiró, .como ma- .nantial inagotable, la tristeza de .su amor ..... El Vilcanota torrentoso, encrucijada, formidable, fué el primer gigante que dominó el General de los ejércitos del Sol. Hacia la márgen izquierda, aun con~erva el pedre- gal de la canalización milenaria: sólida y robusta mu-

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