Ciudad del sol
- 34- Allí el aborigen que entra a la ciudad, la saluda y se despide cuando se va; ninguno falta eiste· pre- cepto porque la tradición les enseña, que tal homena- je se debe re·ndir a la ciudad del Sol, para librarse de los maleficios que p udies en sobrevenirle. He visto un ind~o _de pi.el bronceada por la intem- perie; vestía cortú pant alón de -jerga obscura, cha- queta a la torera y burda camisa ; le cubría la cabeza una m ontera color azul marino, y larga trenza feme- ni.na le colgaba por la ,espalda.. A1 llegar al lugar in- dicad o :se detuvo un instante, descubrióse la negra ca- beza y muy quedo, mirando la ciudad, tristemente bal- bució. . . ¿la solemne despedida incaica?. . . . ¿una in- vocación, un conjuro? .... tal vez un adiós · a la india de sus atmores. Dí - vuelta a mi caballo y antes de ale jarme miré a. la ciudad por última vez, diminuta co.mo un juguete preci1oso, escondida entre el verdor que l a circunda. Yo también ·~.entí el de.seo de invocar algo remo- to, nuestro pasado, nuestros magníficos emperadores, afligiéndome la nosta1lgia de los principiantes viaje- ros, .·al separarse de los lugares que les fueron gratos. .¡Ciudad .del Padre Sol y de la Madre Luna, para amarte hay qÜé c:onocer las piedras vivas que tus rui- nas contienen, e interrogarlas como a testigos de tu pasado milenario, el apogeo de tu grandeza ; cual In~ ancianos que no desdeñan contar viejas historias reve- lan una soberanía de agreste suntuosidad! ·· Caminante, exótico viajero, si algún día el esplen- doroso "Cuadro en que luciera la realeza .incaica, aureo- lada por el 1So1, te atraé y llegas al ·Cuzco, lleva tu ju- bón y cuando vuelvas a las urbes lo muestras enri- quecido repitiendo: "NIO mientas, no robes, no mates". Y el magnífico s ortilegio obrará un prodigio: La paz de tu concienc.ia .
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