Ciudad del sol
-10- ¡Ciudad encadenada al Sol! Cuando solemnemente se cele- bró el nacimiento del Príncipe Huáscar, rodearon la plaza prin- cipal de grues,a cadena de or_o: simbo lo de poderío en la tierra y de unión al astro endiosado; aq,uel oro, sin duda por. conside- rársele sagrad9 y para evitar la profan.a.ción, fué arrojado a las profundidades del lago Titicaca, grande como un ~ar suspen- dido en las altu1·as andinas. ¡Cuzco añoso, de leyendas de arcadia, de ritos fantásticos; para conocer tu historia hay que llegar a tí con la pied.a.d que Nene fe en la blancura de la hostia; en exaltadas mar.a.villas en el idilio del D ·ios Sol! . ¡Ciudad santa, poema de heroísm.os y de virtudes, de tí se apa,rta el ca.minante indígen a diciendo e l credo de la religión del Sol; "No robes, no mientas, no mates", en un triduo que abarca la dignidad hurnana · Se descubre la cabeza y de3de ele- 'Vada cumbre la. contempla antes de partir como a paloma wnidada en la hondonada!'' Porqu1e he .tenido un guía, mejor dicho, una guía una bella dama ·velada que se ha-ce lla.m .ar Evangelina y que, después de haber saboreado todos los deleites sociales en las c·ortes europeas, se halla refugiada aho- ra en la ciudad qu.e guarda mezclados y co 1 mo fundi- _dos en un halo de tragedia, los recuerdos de los úl- ti,mos señores aborígenes y los de l·os primeros virre- yes españoles. Y Evangelina, C'On su voz apasionada, me ha preguntiado: - ¿No es ciert10 que esto es algo así como una To- ledo de A 1mérica, una ciudad imperial y epis·copal en la que io.s alifares C'ristian·os se hallan colocados en.tre los ~n1,.uros de los antiguos ·templos idólatras? Alllí e:s-tá Santo Domingo el milagroso, que fué, anta.ño, un Te 1 m- plo del Sol. Y o pienso, cuando lo contemp uo, en el Sant·o 1 Cris.to de la Luz, y en Santa María la Blanca, donde aun se ven . la,s hueilas de los jud,íos y de los moros. Y cuando me pierdo por esas callejuelas grise.s, rrte a-cuerdo de mis peregrin.ac~ on·e 1 s casitellanas y de lros tardes en que, volviendo d e Z ocodóver, parecía- me ver, en las ·m .ucha;chas que se aso 1 maban a sus ,celo- sías, sultana.s moras -prisioneras en sus harems. Aquí, en efeoto, · las a.par~c·ione.s de remota galantería son rnuy frecuentes. Basta que una guitarra se queje en lct penumbra y que un gru po de mujeres pa.se , para que nuesitras imaginacion.es evoquen a las lindas , pr_in- cesitas de b ronce que, envu ebta,s en telas f a.ntas-tica- mente rameadas de oro y de púrpura, encaminábanse
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